De entre los escombros
de un viejo hotel histórico,
entre framboyanes y palmarés
que reverdecen con el rocío de la mañana
se encuentra la casa del petirrojo.


Allá donde las estaciones pasan sin prisa,
donde el jazmín echa raíces profundas,
donde el tiempo está a la espectativa
de ese ligero batir de alas
que se extiende más allá
de los cuatro puntos cardinales.

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